13 junio, 2024

Por Pedro Paunero

Contrate usted a una hermosa modelo italiana (Maura Monti), disfrácela de Batichica pero con bikini (sin faltar su capa), dele las mejores cualidades de una campeona de la lucha libre, enfréntela a un científico loco de improbable apellido Williams, cuyo ayudante obedezca al más rancio nombre frankensteiniano de Igor, que realiza experimentos con la glándula pineal para crear una súper raza de hombres peces (!), aprópiese del monstruo de la laguna negra -píntelo de rojo-, agite bien, y revuelva. Ya tiene, en esta olla podrida de géneros, influencias, temas y clichés, a “La mujer murciélago” (aka. Batwoman/The Batwoman, René Cardona, 1968), sexy súper heroína del mexploitation más divertido y accesible.

El cine de explotación mexicano se caracteriza por tomar elementos extranjeros -sin permiso, como en este caso, de DC cómics-, y situarlos, de tj99manera tan campante, en un escenario mexicano reconocible -y estereotipado-, para darnos como resultado subgéneros extraños, híbridos y muy propios, como el Weird Rancho (también llamado Uncanny Hacienda) de su ejemplo paradigmático, “El vampiro” (1957), joya de culto de Fernando Méndez (1), con su aristócrata europeo trasladado -con todo y cripta-, a una hacienda mexicana.

“La mujer murciélago” tenía como telón de fondo la bahía de Acapulco, escenario psicotrónico de su acción, pero cualquier película de espías de la época podría haberse situado en un escenario tan exótico como este -véanse, por ejemplo, “Estambul ‘65” (Antonio Isasi-Isasmendi, 1965), o las cintas de James Bond-, de igual manera, otras latitudes habían hecho lo propio (2) antes y después, por lo tanto, no es el lugar, sino el motivo -la lucha libre-, el elemento sobre el que “La mujer murciélago” sentaría sus mexicanísimos reales.

La historia comienza en Acapulco, donde un par de chicos pescadores encuentran un cuerpo flotando entre las rocas. Se trata del luchador “El rayo”, una de las cinco personas asesinadas, que parecen relacionarse misteriosamente con otras aparecidas anteriormente en Macao y Hong Kong, cuyos cuerpos fueron descubiertos con la glándula pineal extraída, por lo que el inspector de policía (Crox Alvarado), encomienda al agente Mario Robles (Héctor Godoy), que contacte con Batwoman, a quien se describe como “una mujer maravillosa, difícil de describir sólo con palabras, que ha puesto su inmensa fortuna a disposición de la justicia, y sobresaliente en todos los deportes”, mismos que incluyen la equitación, el tiro al blanco, el buceo a pulmón y, por supuesto, las artes marciales y la lucha libre. Su identidad secreta sólo es conocida por Robles y Tony Roca (Armando Silvestre), otro agente, igual de poca importancia en la trama como  Robles, salvo la de crear un desdibujado triángulo amoroso con ella, pero que no va más allá.

Batwoman -de quien sabemos que se llama Gloria-, hace una entrada triunfal en Acapulco, aterrizando en paracaídas en la playa, con su bikini azul, capa y máscara de murciélago. Poco después conocemos al Dr. Eric Williams (Roberto Cañedo), neurocirujano y coleccionista de peces, dueño del yate “Reptilicus”, un laboratorio de Mad Doctor en toda regla -es decir, de muy bajo presupuesto-, donde se empeña en “crear a un hombre pez”, utilizando el líquido pineal de hombres atléticos, valiéndose para ello de un agente secreto -denominado como “Número 1”-de quien todos conocen como Don José (David Silva), que se hace pasar por vendedor de billetes de lotería ciego, infiltrado entre los luchadores del Gimnasio Granada, tapizado de carteles que aluden a los Juegos Olímpicos de México ’68.

La risa de Roberto Cañedo imitando la risa, de por sí ridícula, de los villanos de Serie B de antaño, resulta molesta y su hombre pez -bautizado por él como Icticus (según el doblaje español) o Piscis (en el original), y que fuera interpretado por Alfonso Bárcenas-, no es sino la versión barata del “Gill-Man” (el Hombre branquia), de la película de Jack Arnold, “El monstruo de la laguna negra” (Creature from the Black Lagoon, 1954), de un raro color rojo coral que se adelanta, por coincidencia, a los Sleestaks, esos humanoides reptilianos de la teleserie “Tierra misteriosa” (Land of the Lost, por más de un lustro. Williams resulta con el rostro deformado por ácido, en un enfrentamiento con la poderosa Mujer murciélago a bordo de su yate, en franca apropiación de la trama folletinesca más pura, y el que su agente infiltrado en el gimnasio vaya por ahí, como si tal cosa, sin ser descubierto a pesar del antifaz tipo Llanero Solitario, no es sino una de las debilidades del guión, pero el ritmo se mantiene al compás de la música, los paisajes costeros, y las bellezas femeninas que pueblan su fantasía pulp y entrañable.

Cardona parece deleitarse en las persecuciones a través de las sinuosas carreteras acapulqueñas, colgadas de los riscos, por encima del mar, y en las escenas acuáticas, filmadas por el buzo Alfonso Arnold, alguna vez miembro de la tripulación de Jacques Cousteau e inscrito en el Salón de la Fama de la Confederación Deportiva Mexicana (CODEME), en escenas largas, que prácticamente ocupan la mayor parte del metraje.

El rodaje no careció de algunos incidentes, como aquel que casi le costara la vida a Maura Monti, cuando su paracaídas, caído en el mar, fuera arrastrado peligrosamente hacia las rocas, pero su empecinamiento en no ser sustituida por un doble (a excepción de las escenas de lucha), resulta hoy más meritorio.

A 55 años de haberse estrenado -el 28 de marzo de 1968-, la película ha devenido en cine de culto -tanto en sus versiones dobladas al italiano (y de esta al español de España), como en la doblada al inglés-, sobrepasando la impresión de cine cutre que su actriz principal tenía -por todos los absurdos del guión, que son numerosos-, al momento de rodar, y su final tan bobo como sexista -Gloria le teme a los ratones-, hacen de “La mujer murciélago”, uno de los títulos más relevantes del cine de explotación mexicano, con sus referencias descaradas al Batman de Adam West, o las tenues notas de Leo Acosta, que suenan en la escena en la que Gloria recibe a los dos agentes en la terraza, que recuerdan al John Barry del 007, y la sitúan por encima de otros productos de explotación, como la infumable “Yarasa Adam-Bedmen” (Günay Kosova, 1973), el Batman y Robin turco, renovándola cada tanto tiempo en festivales de cine fantástico, y haciendo de Maura Monti una actriz recordada y recubierta de un aura semi legendaria, entre los seguidores del mejor cine psicotrónico

Notas:

(1) “Las películas mexicanas de «CasaNegra»: «Mexican Weird West» de Fernando Méndez” por Pedro Paunero.

(2) Véase, por ejemplo, “Dracula en Pakistán” (Zinda Laash, 1967), producción del proto Bollywood, que incluye características endémicas de su forma única de dirigir, como los números musicales que plagan su metraje.

Fuente: Corre Cámara

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